La transfusión de sangre está indicada para el tratamiento de pacientes que, en un momento determinado, presentan una carencia de componentes sanguíneos que no puede ser sustituida por otras alternativas.
Pero teniendo en cuenta que los componentes sanguíneos son un producto de origen humano y que, por lo tanto, siempre existen riesgos, cada transfusión ha de ser tratada siempre como una decisión clínica basada en el estado del enfermo, en datos analíticos y en una valoración positiva de la relación riesgo/ beneficio.
Así pues, para decidir si se debe llevar a cabo una transfusión, siempre habrá que considerar los siguientes criterios médicos: la causa que motiva la indicación, el objetivo que se quiere conseguir, las medidas de corrección del mecanismo desencadenante, las posibles alternativas terapéuticas y su eficacia, así como los posibles efectos desfavorables que puede provocar la transfusión.
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